A LOS 28, NUEVE AÑOS DESPUES (ARTICULO XXX)
Era navidad aquella ocasión donde conocí al hombre que me hizo saber lo que era sentir pasión por alguien de mi propio sexo. Yo ya sabía que los hombres me gustaban.
Cuando llegamos a su casa, el estaba despertando de su sueño de navidad, por supuesto estaba crudo, el tenía 36 años y era profesor de natación. Se levantó de la cama con unos pantaloncillos verdes que al momento de sentarse enfrente de nosotros nos dejó ver sus enormes y velludos huevos, propios de un hombre de su edad. Eso me dejó temblando, era la primera vez que estaba con un hombre del que sabía era homosexual, y sabía que había posibilidades de follar por primera vez con un hombre, que además me resultaba muy atractivo y de ojos color miel.
Nos invitó cerveza, ya era más de medio día, y comenzamos a platicar y a divagar discutiendo sobre el fin que habrían tenido los mayas según los diferentes libros que habíamos leído. Pero a pesar de que eramos tres, la platica se había reducido a dos personas. El y yo, discutiendo de cuestiones abstractas que jamás nadie había hecho eco en mí.
Al terminarse la cerveza, decidimos salir por más, fue cuando él se sacó los pantaloncillos verdes y dejó ver con todo su esplendor la gran polla peluda que tenía por arma, adornada con aquellos huevos que no habían abandonado mi mente desde hace varias horas y que constantemente trataba de ver.
Se puso un pantalón de mezclilla, el deseo me tenía loco, y la cerveza hacía su efecto, quería sexo con ese maestro de natación bien dotado. Regresamos y la platica siguió, pero el deseo mutuo nos hizo irnos temprano a la cama, no a dormir, como lo fingimos al principio hasta que mi amigo quedó dormido, si no a besarnos apasionadamente como de forma callada nos lo habíamos hecho saber horas antes. Dicen que no hay mayor afrodisaco que la mente de un hombre, pero una buena polla gorda te puede llevar al cielo. Cuando los dos nos besábamos y tocábamos nuestras lenguas frenéticamente, con nuestros cuerpos desnudos pegados bajo las sábanas, empecé a sentir su polla crecer junto a mi abdomen, gorda, palpitante, caliente y húmeda. Estaba tocando esos huevos que antes deseé, sintiendolos dentro de su tibia bolsa, con sus pelos entre mis dedos, sintiendo el tronco de ese delicioso falo, y por fin llegando hasta la punta, la cabeza que destilaba una deliciosa miel que deseaba probar.
Dejé su boca momentáneamente y bajé hasta su pubis, primero besando el vello que adornaba su polla, y luego, subiendo y bajando mi lengua por el tronco que parecía hervir de la forma de palpitar y la aumentada temperatura, llegué por fin a la cabeza, no sin antes lamer esos huevos que apenas cabían juntos en mi boca.
Mamé la polla palpitante hasta que llegaba a mi garganta, tenía entre mis manos esas duras nalgas que empujaban aquella polla dentro de mi boca, sentía ese culo que deseaba ser comido, y mi mente no se daba cuenta que tanto placer arrancaba gemidos de él y míos, de placer y pasión, regresé a su boca y el encuentro de nuestras vergas fue sublime, las cabezas se encontraron y fue gratificante, tener su polla entre mis piernas y los gemidos aumentaban. Los ruidos despertaban al que se encontraba en la otra cama, y decidimos callar, y dejar que amaneciera para terminar lo que habíamos empezado.
Era mi primera vez y no sabía como iba a terminar, ¿me penetraría? ¿lo penetraría yo?. Amaneció a medias y mi amigo decidió marchar, y yo decidí quedarme, le dijimos adios en la calle bajo una cobija, desnudos. Era navidad y el frío taladraba; pero el calor de nuestros cuerpos desnudos, la pasión a medias de satisfacer, y el aroma de la pasión de horas anteriores nos cobijaban, eran suficientes para derretir la escarcha que cubría los autos. Entramos a la casa para regresar a la cama...
Continuará...

dirty and bad dijo
te has detenido en lo mejor, pero bueno tienes derecho a tenernos en suspenso, me estoy volviendo un fan tuyo.
17 Enero 2007 | 09:13 AM